Chiguayante se extiende entre el río Biobío y la Cordillera de la Costa, un corredor angosto donde las terrazas fluviales y los cerros de pendiente fuerte definen cada proyecto. La combinación de lluvias concentradas entre mayo y agosto, más el suelo residual granítico meteorizado típico de la zona, convierte cualquier corte no analizado en un riesgo operacional y legal. Hemos visto cómo excavaciones de apenas cuatro metros en laderas de Manquimávida pierden cohesión tras dos días de lluvia intensa. Un ensayo CPT nos permite perfilar la resistencia no drenada en esos mantos de arenas limosas sin alterar la muestra, dato que alimenta directamente el modelo de estabilidad. El factor de seguridad que calculamos no es un número teórico: lo contrastamos con la aceleración sísmica de la NCh433 y la geología local, porque acá un sismo puede detonar lo que la lluvia inició.
En Chiguayante, un talud sin drenaje colapsa antes por el agua que por el sismo: el 80% de las fallas locales que revisamos empiezan con lluvias prolongadas.
